El pasaba la aspiradora cuando sonó el teléfono. Todo va a cambiar pero no lo sabe. No, aún no lo sabe.
Apagó el motor, esperó a que deje de girar y suavemente, como cada movimiento que hace, depositó la maquina en un costado de la unica sala de su monombiente. En su vida todo es mono, único, individual.
No hizo mas que mirar el rincón de la ventana que daba al contrafrente, donde había ubicado el aparato, y el timbre dejó de sonar. Esto no lo sorprende; generalmente, si se preocupa en atender, es número equivocado. El teléfono está mas por Guillermina, la vecina del hospital, que por teléfono.
A la tarde, luego del trabajo, pasa a visitar a la única persona con la que tiene contacto real: Hermann su padre.
Con las palmeritas de hojaldre colgando de una mano y el disco de una banda que pensó podía gustarle en la otra, toca el timbre. Esta banda le va a gustar!. Sabe porque lo conoce. El beat, los tonos. En si, la música es su conexión.
Desde adentro se escucha un estallido de risas seguido por unos cuantos segundos de aplausos. Ya en la casa, Valentina le cuenta que el viejo había terminado de presentar e interpretar un monologo que tituló “Los caminos del humo”, en homenaje a Ernesto Guevara.
“Así es el viejo, ojala algún día este puto mundo se llene de tipos como él”, pensó.
Pero no. Hoy no era una de esas de esas típicas tardes. Ese día la tarjeta de salida no estaba marcada a las 17:35, no había caminado las tres cuadras y media hasta la parada del 159 ramal 1 por Mitre y tampoco transcurrieron esos aproximadamente treinta y cinco minutos de viaje desde su trabajo hasta la casa de su padre. Hoy decidió quedarse en casa y probar las sugerencias que había hecho su viejo; eso de que hay algo más, eso de sacar la soga del cuello. Aspirar la alfombra con una máquina que había comprado el día anterior no le parecía un gran plan, pero faltar al trabajo para hacerlo y después ir al café literario fue considerado por él como una osadía. Al café!, Un día de semana!
A punto de retomar la tarea interrumpida el teléfono volvió a sonar; ésta vez mucho más agudo, tajando el aire espeso de silencio cedido por el motor apagado de la aspiradora. Un terrible malestar, de nudo en la garganta, ahogó sus pensamientos. Esa tarde no había visitado a Hermann, se había quedado en su casa inventando la excusa ingenua de limpiar una alfombra. El estaba consciente de alejarse cada vez mas. Jamas fue esa su intención, sino todo lo contrario, pero nunca supo como evitar aquello que día tras día corroboraba como inevitable. Sintió que su designio era la soledad.
La culpa lo ataco por la retaguardia y no hizo más que reaccionar como lo que era.
Abandonó la máquina en el rincón contrario al del teléfono y, esta vez, apresuró su paso. Sintió que recorrer los 7 metros de la diagonal imaginaria que cruza la única sala de su departamento le costarían los mismos 35 minutos que tardaba el 159 ramal 1 por Mitre en recorrer la distancia entre su trabajo y la casa de Hermann.
Al llegar al aparato, agitado, entre chillidos intermitentes, lee en el identificador la palabra Hospital. El nudo de su garganta ya estaba tan ajustado que no podía pronunciar con claridad.
- Ho, Hola.
En el auricular se escuchó una voz de mujer algo trémula. Quizá por los nervios de una mala noticia, pensó en una fracción incalculable de tiempo.
- Buenas tardes. Usted es Marxko Niecht, hijo de Hermann?
El sintió que su mundo se desmoronaba. Las memorias de sus 57 años se amontonaban agolpándose para reproducirse una tras otra en esos segundos de silencio inconciente. Recuerdos repetidos, año tras año. Las palabras de aliento de su viejo, la tarjeta de salida de un trabajo que no le gustaba marcando 17:35, la caminata de tres cuadras y media, el 159 ramal 1 por mitre, los 35 minutos, las palmeritas, de nuevo las palabras de aliento de su viejo, el sector de la alfombra impecablemente aspirado y lo alejado que eso estaba de la metáfora de la soga, la ventana contrafrente, donde a veces percibía movimientos tan conocidos para él que lo llevaban a pensar en Guilllermina acercándose a su ventana por el mismo motivo. Esta seguro que aquellas no fueron miradas perdidas, y sin embargo, sabía su nombre solo porque lo escucho de una señora que la saludo en la puerta del supermercado...
Así era él, así era Marxko; pensó ahogado en lágrimas de rabia contra el mismo.
- Si soy yo, le pasó algo a mi viejo? Esta bien?
Del otro lado escucha una risa.
- Discúlpeme, no quise asustarlo. Me llamo Guillermina Sauco. No se preocupe, él esta bien; el tiempo le corre al revés. Es increíble pero sabe, él anticipó su reacción. Algo tenía que ver con una aspiradora y un identificador de llamadas. En ese momento no entendí bien, pero al acordarme no pude evitar reírme. Le pido disculpas.
Esta respuesta alivió el dolor pero no aflojo el nudo. El hecho de saber que la dueña de esa voz blusera se llamaba Guillermina y recordar la palabra hospital en el identificador lo llenaba de expectativas. ¿Es ella?, no pude ser, la hubiese visto alguna vez...
-Marxko, me escucha?
Si, si Guillermina. Discúlpeme! Es que mi teléfono no suena mucho, menos dos veces seguidas y como hoy no pase a visitarlo, mi imaginación voló. Discúlpeme usted también.
-No hay problema. Señor, lo llamaba porque su padre me pidió un favor. El es una persona que me ayudo muchísimo y no dudé en ser retributiva, pero su pedido me da un poco, en realidad, mucha vergüenza así que discúlpeme si cuelgo sin despedirme.
- Pero, que le ha pedido? De mi viejo se puede esperar cualquier cosa menos la falta de ubicación.
- Me pidió que le lea el fragmento de una poesía que usted ya conoce. Cuando pregunté por qué me pedía esto justo a mi, él me dice que quizás el sonido de una voz a la que usted no estuviese acostumbrado tenga más suerte y pueda terminar con éxito el trayecto desde su oído hasta su cerebro. El escucha a Guillermina reírse y luego decir: Este Alberto...
Señor, Empiezo antes que la vergüenza le gane a mi voz.
Mi corazón salta
cuando contemplo un arco iris en el cielo.
Así fue cuándo mi vida comenzó
Así es ahora que soy un viejo
Y asi será cuando me deje morir.
El niño es el padre del hombre
y yo podría desear
que nuestros días estén vinculados entre si
solo por piedad natural
- Al terminar de leerlo, acá en mi trabajo, no dudé en llamarlo. A mi también me cuesta mucho eso que llaman madurar.
Absorto por lo que había escuchado, levanta la cabeza y dirige una vez mas la mirada hacia la ventana del gris contrafrente. Ésta vez aquellos indicios en los que había pensado algunos minutos atrás se convertirían en pruebas. Ahí estaban, con el tubo del teléfono en la mano, mirándose fijamente y con unas sonrisas que ni Leonardo podría pintar.
Ella:
- Marxco, ¿tomamos algo?
cada quien con su esfinge
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